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La Coctelera

El Ignoto Malvino

Desde la lejanía intento, sin acierto, encontrarme a mi mismo. Camino, camino y camino porque me han enseñado a andar.

Categoría: Cuentos

8 Agosto 2006

Puede ser...


Puede ser que de repente abra la puerta y aparezca. Quizá con una botella de vino, Protos o Marqués de Riscal, o incluso un Vega Sicilia, para eso sí que tiene gusto, aunque no siempre una botella con nombre tiene que saber bien o mejor que otra sin renombre, la cuestión es que a uno le guste sin tener que saber si buele a roble o a cereza, o si sabe a frutas del bosque o a barrica. Pero ella sabe elegir.
Puede ser que de repente, repito, abra la puerta y entre hasta quedarse muy pegada a mi. Que me mire tiernamente y me de un beso para poder quedármelo sin acuse de recibo, y que se deje abrazar. Un abrazo sin apretar demasiado, únicamente la presión exacta para transmitir calor.
Puede ser que se siente y charlemos, que yo saque algo de picar para acompañar el vino, puede también que no, que no deseemos comer nada para que el vino, que puede ser que trajo, fluya en nuestro interior sustituyendo a la sangre, o puede ser que sólo la empuje a las mejillas y a los ojos, e incluso a la boca y digamos verdades, o puede ser que mentiras entre risas.
Puede ser que nos quedemos callados y mirando al suelo con ligeras sonrisas alegrándonos los ojos.
Puede ser que me abalance, o puede ser también, ¿por qué no?,que se abalance sobre mi y nos besemos sin cuidado, excitados por el vino y nuestro olor. Puede ser que hagamos el amor, o puede ser que sólo sea sexo, en el sofá, o en la cama, o...
Puede ser que terminemos y repitamos, o puede ser que nos quedemos tumbados abrazados y después nos durmamos. Puede ser que se vaya al terminar o que desayune conmigo.
Puede ser...

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26 Abril 2006

Un corto delirio o un corte de lirio.

La ciudad intenta resistir con botellas de agua el abrasante y asfixiante calor. De vez en cuando alguna bebida con gas, pero pocas, que no quitan la sed. Saben mejor que el agua (el agua sabe a agua y depende de donde se beba) pero no quitan la sed.
La ciudad está amarilla, sobre todo el centro. Dicen que es por la ropa que lleva. De Villamayor, dicen algunos. Y tiene algún que otro lunar, blanco, rojo, verde, azul... debería de mirárselos de vez en cuando, no sé, por eso del sol. Pero nunca se pone protección, ¿para qué?, piensa la ciudad, si todos los días me pasa igual.
A la ciudad le gustaría dejar un día de ser ciudad. No por mucho tiempo, un año o así. Quiere ser río, como uno que tiene muy cerca. Ahí sí que me encontraría fresquita. Y subir o bajar, salpicar, no sé, las cosas que hace un río, que no son muchas pero sí divertidas.
La ciudad tiene calor, mucho, y eso que hace poco se duchó, pero ya se sabe, es como cuando lavas un coche, al día siguiente llueve. Pues eso, después de la ducha, sol y sudor.
La ciudad sabe que queda poco para que llegue la brisa de la noche y se prepara. Empieza a sacar su pijama, uno de colores anaranjado que con la luz de la luna se vuelve negro, y en su pecho, por el centro, hay lucecitas, como esas que los padres pegan en los cuartos de sus hijos para que puedan dormir contando estrellas (es una mala costumbre porque como al niño le dé por contar las de verdad, puede acabar loco, como yo)
La ciudad tiene hambre y le rugen las tripas...

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22 Marzo 2006

Una copa, un olvido.


Miraba la botella. Se había bebido la mitad de ésta y otra entera. Llevaba así toda la tarde. Todo comenzó para probarla; se la había recomendado un amigo de confianza, un enólogo francés que conoció unos años atrás en un congreso. Un tipo majo. Pero luego comenzó a recordar.
Sí, el vino puede actuar de muchas maneras, pero la peor es aquella en la que estás solo, cuando no hay nadie cerca para poder contarle lo que sientes o lo que quieres o lo que sueñas. No es bueno beber solo; hace daño.
Tenía los pies encima de una silla, decalzo pero con los calcetines puestos. No notaba el frío del cuartucho en el que vivía. Una mesa de madera, dos sillas, un sofá de dos plazas y un calentador que jamás calentaría ni un agujero de medio metro. Todo era terrible y él lo sabía, pero su sueldo no daba para más.
encima su mujer se había llevado todo lo que era de los dos. Se preguntaba cómo había llegado a esa situación, por qué, si era de los dos ¿por qué lo tenía ella ahora todo? Con lo que la había amado. A veces le daba vergüenza hasta recordarlo. y ¿para qué? Se había quedado en los huesos en todos los sentidos.
No quería refugiarse en la bebida, pero ese día era distinto. Sin querer se encontraba bebiendo, primero para probar, sentir, disfrutar, imaginar que se encontraba en su vida anterior, con su casa se verdad y su mujer. Pero los recuerdos aprovecharon la ocasión para entrar en su cuerpo y carcomerle. Sufría, lentamente, como esa tortura china en la que dejaban caer una gota de agua helada sobre la cabeza de un prisionero hasta que le horadaban el craneo. Así los recuerdos agujereaban su alma.
Entonces decidió continuar bebiendo, darle un giro a la situación. Decidió beber para lo que tanta gente empezaba a beber. Para olvidar.
Al menos, esta vez...

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7 Marzo 2006

Después.

- ¡Vamos, que no llegamos!
- Ya, espera que cierre la puerta.
- ¿A qué hora cogiste el billete?
- Pues, creo que a las seis. Espera que lo miro... está en el bolso. ¡Tengo tantas cosas que no lo encuentro!
- No te preocupes, preciosa, seguro que está porque lo metí ayer antes de acostarnos.
- Muchas gracias - Le rodeó el cuello con el brazo y le besó.
Hacía frío y ese beso le templó un poco, no mucho, pero lo suficiente como para poder pararse un segundo a observarla.
- Estás muy guapa.
- Sí, sí, recién levantada. Creo que aún tienes las legañas puestas.
Esbozó una sonrisa y se cogieron de la mano. La maleta traqueteaba sobre los adoquines de la ciudad. Parecía desierta, quizá era aún demasiado temprano o quizá que esa hora es la única en la que todo el mundo quiere dormir.
- Pensaba que no iban a estar puestas las calles todavía.
- No lo estaban, pero me he levantado un poco antes y he llamado para que las pongan.
Se rieron y los ecos duraron unos segundos, las sonrisas varios minutos.
- ¿Qué tal lo has pasado?
- Muy bien, en serio, hacía tiempo que no me sentía así contigo. Ayer me encantó estar contigo en el sofá. ¿Terminaste el libro?
- No, me queda muy poco, seguramente lo termine hoy, esta noche mientras espero tu llamada.
Siguieron caminando en silencio. De vez en cuando se miraban y se apretaban un poco más la mano.
- Vamos un poco más rápido que sólo quedan diez minutos.
- Vale, pero ten cuidado con mi maleta.
- No te preocupes.
A medida que se acercaban a la estación, se encontraban con otras maletas ancladas a otros viajeros. Seguía haciendo mucho frío y él empezaba a sentir que iba a perder algo. Siempre habían vivido de esta forma, con regresos y despedidas, y había llegado a acostumbrarse, pero esta vez se encontraba un poco peor, era una sensación de miedo a volver a casa solo.
- Voy a meter la maleta. Dale el billete al conductor para ver si es el autobús correcto.
- Vale.
Ahora llegaba el momento de la despedida, ese momento en que realmente no sabe uno muy bien que decir, un momento que ojalá se estirase como un chicle, un momento en el que todo se dice deprisa y corriendo,atropellado, cada uno despidiéndose como de sí mismo, y eso hace que muchas veces quede la sensación de que la otra persona no se haya enterado muy bien de tu despedida, aunque tu sí te hayas enterado de lo que has dicho.
Sería más fácil decir solamente "adiós" o "hasta luego", pero nunca nos es suficiente, queremos decir tantas cosas para que piensen en nosotros que llenamos las despedidas de palabras que, aunque en intención nunca es así, parece que nunca hayan sido dichas.
- Creo que sólo quedas tu por subir.
- Sí. Ven, acércate.
Otro beso, más tierno y más largo.
- Te quiero.
- Bueno. Ten cuidado y se buena. Te voy a echar mucho de menos.
- Y yo. No te preocupes, estaré bien.
Subió sin girarse, buscando su asiento, a la derecha del autobús, sin acompañante. Pegó una mano al cristal y le miró. Parecía enamorada.
- Te quiero - dijo moviendo los labios.
- Y yo.
Se lo devolvió una figura abatida, casi sin voz, sin susurros, con ojos inquietos.
Un rugido inundó la dársena como una fiera. Se apartó y ella se acomodó en el asiento. Se estaba colocando los cascos del MP3. Cuando notó el movimiento del autobús se giró y le vió.
No despegaron sus miradas hasta que ya les fue imposible verse más.
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Seguía haciendo mucho frío y era diferente volver a casa solo. Miraba al suelo y pensaba, pensaba que tomó una mala decisión y que ahora pagaba por ello. No le importaba pensar así, al contrario, le ayudaba a reforzar la idea de que cuando todo cambiase, mejoraría notablemente. O eso deseaba.
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EL móvil le vibró.
"Ya te estoy echando de menos y acabo de dejarte. Ha sido un finde genial. Me encantará repetirlo. Te quiero."
De pronto notó que hacía menos frío.

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22 Febrero 2006

Un extraño sueño


Había tardes en que se encontraba mejor y tardes en las que se encontraba peor, lógicamente. Pero esa tarde no se encontraba, simplemente había desaparecido. No recordaba si lo había hecho adrede o había sido todo fortuito. Tampoco le importaba demasiado, se sentía, en cierto modo, feliz.
No era una felicidad plena, nada en este mundo llena del todo, ni un vaso puede llenarse totalmente, siempre está ese punto en el cual uno no sabe si puede llenarlo más sin que rebose. Y es en ese punto, cuando la incertidumbre entra en ti, cuando la felicidad no es plena.
No quería pensar. Bueno, no quería pensar ciertas cosas, no quería ni tan siquiera ponerse en situación de hacerlo, no, no, había desaparecido para todo y para todos, y deseaba ferviertemente esa transparencia que da la ignorancia, esa inocencia virgen en la que desearía esconderse siempre, pero que nunca, absolutamente nunca podía estar, hasta hoy.
Se dijo que era muy curioso sentirse así, con la mente en blanco pero rellenándola con lo que quisiera. La situación le hacía recordar esos sueños en los que parecía tener total control y sabía que tenía que hacer algo para no despertar, que en es momento era dueño del mundo, de su mundo, de un mundo onírico donde todo funcionaría como él quisiese.
- ¡Qué pena no vivir en un sueño!
Pero recapacitó. Si viviera siempre en un sueño, se estancaría, su vida discurriría por los senderos que hubiera pisado, por páramos donde su imaginación podía decorarlo a su antojo, pero siempre igual, siempre los mismos paisajes.
Recordaba su época de Universidad, como siempre había vivido en campos yermos y fríos, le encantaban los pisajes verdes, el cesped, ¡oh, que bello!, los acantilados tintados por la pluma de Neruda que se derrumbaban en el mar... pero algunos amigos suyos que siempre habían vivido en esos, para él, idílicos paisajes, no los detestaban, simplemente no les llamaba la atención.
Así que hizo esfuerzos por poder encontrarse, pero no podía, no se veía, no se sentía...sí que se oía respirar, pero no sabía discenir de donde vení. No sabía si realmente estaba o había dejado de ser. Una angustia como una soga le inundó...¿el cuerpo? hubiera jurado que sé, pero...¿dónde estaba su cuerpo?
Quiso gritar, pero sólo pudo pensarlo, quiso arañar...¿el qué?... no había nada, se estaba desesparando...
- ¡Quiero volver!
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ring, ring, ring...
Se buscó el bolsillo y encontró su móvil.
- Menos mal que me has llamado, me había quedado dormido y tengo muchas cosas que hacer...¿cómo?...pues no sé que estaba soñando...

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9 Febrero 2006

Un recuerdo imaginado


Tras la vidriera, el sol era un líquido que se derramaba en un cielo que empezaba a estrellarse. La luna aparecía temerosa y clara como temiendo salir estando su marido aún presente; no podía bañarse en el lago porque todavía quemaba.
Había luz suficiente como para que la hierba de los prados y colinas brillaran verdes y esplendorosas.
estaban sentados en un sofá de tres piezas. Él, rubio, con ojos zafiro, barba de cuatro días, un pantalón blanco de lino y una camiseta semi-ajustada negra, descalzo con lo pies encima de un taburete acolchado. Ella, morena de pelo largo y tez blanca, ojos de melaza y mirada profunda, con un pantalón de pijama de cuadros azules y blancos y una camista de tirantes azul celeste, descalza con las piernas tumbadas en el sofá.
Miraban el atardecer como a una hoguera. Ella apoyaba su cabeza en el hombro de él y su brazo serpenteaba por su torso. Él se dejaba abrazar y miraba incisivo, sonreía ligeramente y se sentía dichoso.
De vez en cuando cogía una taza verde llena de té y se la llevaba a la boca, lentamente. No tenían niguna prisa, el atardecer continuaba su eterno declive.
Ella cerraba los ojos. Se sentía feliz y a gusto, y era en estas ocasiones cuando no podía mantener la mirada ni el pensamiento y se dejaba arrullar por el silencio y la leve respiración de él.
Un azul intenso iba llenando el paisaje. Los ruidos nocturnos empezaban a jugar entre sí, rítmicos y acompasados, como si un director improvisado los guiase en la oscuridad.
Bebió un último sorbo y la miró. Tumbó la cabeza en el respaldo del sofá y cerró los ojos. No estaba cansado pero no la quería despertar. Parecía todo muy romántico e idílico. Apoyó lentamente su mano en la cara de ella y la carició. Ella se removió inquieta y se rascó la mejilla. Pero él continuó.
Cuando la duermevela empezaba a hacer efecto, abrió un segundo los ojos. Todo estaba oscuro y flotaba demasiado silencio. Volvía a estar en la ciudad, en su sofá de dos piezas, los pies descalzos apoyados en el suelo, ojos azules que se desteñían en unas abultadas ojeras...
Lo entendió. Ella ya no estaba.

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31 Enero 2006

Viaje en el tiempo III (Ciencia Ficción)


Una fuerte sacudida hizo tambalearse al Doctor. Tampoco mucho porque los cinturones le atrapaban como unas tenazas. Olvidó por completo la canción que recordaba y el pánico le invadió. Quería gritar, pero la voz se escondió por el miedo. Lentamente se le fue nublando la vista y perdía el control de su cuerpo. El temporizador retrocedía inexorablemente en el tiempo.
Entonces soñó...
La compuerta de la máquina se abrió dejando escapar vapor hacia un cielo oscuro y estrellado, con un brillar de luna que iluminaba todo como un foco. Hacía mucho frío en el exterior, pero él estaba cómodo. Miró hacia todos los lados que su posición le permitía, temeroso pero excitado, como un niño al que le han prohibido abrir una puerta y está en ese momento mirando el picaporte. Se sobresaltó cuando se dio cuenta de que estaba respirando sin ayuda artificial. Se había imaginado que el aire estaría enrarecido. Al fin y al cabo, se suponía que las concentraciones de los gases serían diferentes a las que él estaba acostumbrado a respirar. Pero pronto se olvidó.
Se desabrochó los cinturones y salió de la máquina apoyándose en el borde. Tenía las piernas un poco entumecidas y le costó dar los primeros pasos.
Veía vegetación, pero muy diferente a la que esperaba imaginar. La mayoría eran orquideas y helechos, pero dispersos. De hecho parecía que se encontraba en un desierto al que algún pintor se le hubieran caído pinturas verdes desde la paleta. La arena era roja, pensó en arcilla, pero tenía la textura de arenisca. Se sentía confuso.
- ¡No me lo puedo creer!¡Sigo vivo!¡Mejor!¡Existo! - estallaron sus ojos en lágrimas.
Cuando recuperó la compostura, cogió su cuaderno de notas y decidió explorar más a fondo el territorio.
- Así que el pasado era así. ¿O es? - Y se sonrió.
Mientras dibujaba una de las extrañas orquideas, escuchó a su espalda un ruido sordo, como si algo cayera al suelo. Se giró y no vio nada.
- Algún fruto que acaba de caer. No puede haber nadie, ¡estoy solo! - Quiso sonreir, pero su cara le mostró una extraña mueca.
Siguió con la tarea de apuntar todo lo que veía, pero jamás tocó nada. Se decía que si al final sus teorías no se habían cumplido, por lo menos hacer caso de lo que había leído no le vendría mal.
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- ¿Doctor? ¿Doctor? ¿Me escucha?
- Señor, hemos perdido la comunicación.
- Bueno, más o menos me lo imaginaba. ¿Cuánto tiempo queda para que llegue al destino la máquina?
- Señor, quedan exactamente dos minutos y once segundos y avanzando.
- Muy bien, muy bien. Estoy impaciente.- se giró y encendió un cigarrillo.
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Una luz más blanca que la luna resplandeció a lo lejos justo en frente del Doctor. Luis se quedó absorto preguntándose qué podría ser aquello. Casi ni respiraba cuando se dio cuenta de que se acercaba lentamente y flotando una forma humana, grácil, y el cuaderno de notas se le cayó a los pies.
Era una mujer de cabello negro que le colgaba lacio sobre sus hombros. Llevaba un vestido blanco, ligeramente transparente. Sus ojos eran negros como la noche y portaba una sonrisa. Luis abrió todo lo que pudo los ojos. No lo podía creer.
- ¿Tú? - Dijo en un hilo de voz - Pero, no puede ser. Estás... o estabas... - Su voz temblaba.
- ¿De verdad lo piensas? - Dijo la misma dulce y cálida voz que él recordaba. - Ven, acércate a mi.
Un hormigueo paralizaba al Doctor. Ella alargó la mano y le agarró la suya. Le hizo rozar su cuerpo. Estaba caliente y suave. Millones de recuerdos llenaron los ojos de Luis.
- No te preocupes, amor mío. Ha pasado mucho tiempo, pero volvemos a estar juntos. Te he echado tanto de menos. - Le dijo ella acercándose a él.
- Pero te perdí. La carretera, el borracho, la sangre... Todo parecía tan real...
- No pienses ahora en ello. Debes descansar. Vuelve a la máquina y duerme un poco. Yo te espero en el borde, cuidando de ti.
Luis iba hipnotizado hacia la máquina. Se sentó y se abrochó los cinturones observando el rostro de aquella a la que había amado hacía tanto tiempo.
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- Señor, diez segundos para completar la primera parte del experimento. - Gritó una voz excitada.
- Perfecto - Dijo el General - ¡ Y pensar que casi lo abortamos por un mequetrefe! No va a ocurrir nada.
Nadie lo notaba, pero por la frente empezaron a caerle al general unas pequeñas perlas de sudor y le temblaban las manos.
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Los ojos se le iban cerrando mientras notaba un beso en sus labios.
- ¿Estarás aquí cuando despierte?
Ella le miró y se incorporó. Él se encontraba atontado y notaba que la máquina se movía.
- Luis, no es esa la pregunta que debes hacer. Deberías preguntarme si existiré cuando despiertes... o quizá... si existirás cuando te depiertes.- Y soltó una caracajada.
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El Doctor abrió los ojos. Notaba su cuerpo sudoroso. Recordaba vagamente el sueño, pero sobre todo la risa. Le entró el pánico al posar su vista sobre el panel de mandos.
Quedaba un año para que el temporizador llegase a cero.

FIN

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25 Enero 2006

Viaje en el tiempo II (Ciencia Ficción)


El doctor Luis no podía ver ni escuchar nada de lo que ocurría a su alrededor. No sólo estaba insonorizada la máquina, sino que el único cristal que poseía era negro como el azabache. Su única conexión con el exterior eran unos auriculares de botón por el que podía oir lo que se comentaba fuera. La idea de estos auriculares era, en cierto modo, tranquilizar al pasajero durante el viaje, pero él sabía que no iba a ser un viaje tranquilo.
No había podido dormir en toda la noche pensando en las consecuencias que podían acarrear su presencia en el pasado. Nada de lo que había leído decía nada sobre el impacto que supondría ocupar un espacio en el pasado donde realmente nunca hubo nada. Siempre se decía que no se debía modificar nada del pasado, es decir, no tocar nada y cosas por el estilo, pero ¿cómo afectaría el simple hecho de que una corriente de aire no continuase su camino porque chocara con él?
En cuanto se le ocurrió la idea se espantó. No se convertiría en un asesino, simplemente ese concepto no existiría porque la humanidad tal como la conocía seguramente desaparecería. Pero lo que más le preocupaba es que incluso no sólo podría desaparecer, podría no existir.
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- ¿Tenemos todo a punto?
- Señor, cinco minutos para que comience la cuenta atrás.
- Me gusta -sonrió para sí- ¿Puede escucharme el doctor?
- Señor, espere un segundo que abro la conexión y puede usted hablarle -manejó los botones de su mesa- Ya está, señor, tiene usted línea abierta.
El general se puso unos auriculares con micrófono y miró la maquina. Sentía un nerviosismo similar al que uno sentía cuando esperaba a la mujer amada. Toda su vida había girado desde que era un simple becario de investigación, muy prometedor, eso sí, para llegar a este día. Nada ni nadie le impediría conseguir su sueño. Nunca le habían dicho que, a veces, lograr un sueño es peligroso. O si se lo habían dicho, lo había borrado de su memoria.
- ¿Doctor? ¿Me escucha? ¿Qué tal se está ahí dentro?
- General -escuchó- sólo le pido un día más.
- Je je, sí me escucha - dijo sonriendo a un soldado- ¿Cómo que un día más? ¿Para qué? Según usted, en cuanto realice su viaje nada,como dijo, existirá, ¿no?
- Exactamente. ¡El día de más que le pido es para que le entre en la cabeza que está usted cometiendo una locura!
- ¿Cómo se atreve, mequetrefe?- gritó- esto no es ninguna locura. ¿Comprende usted lo que signica la palabra sueño? A lo mejor la ha oido alguna vez, pero jamás ha sabido lo que significaba.
Las palabras sonaban como chinas arrojadas a los ojos. Luis recordó que cuando estaba en la Universidad le hubiera encantado dedicarse a la investigación y docencia, por eso empezó el doctorado. Y era un chico brillante. Por eso le eligieron confidencialmente para este proyecto, dejando atrás muchas cosas, quizá demasiadas. Incluso sus sueños.
El Doctor se quedó callado.
- ¡Así que deje de pensar y actúe!- le espetó.
Luis se relajó. Respiró profundo y se quitó los auriculares y desconecto el micrófono de cabina mientras el general seguío increpándole. Se sentía dolido, pero pensó que si sus cálculos eran correctos, todo terminaría en unos minutos.
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- Señor, treinta segundos para el inicio.
- Muy bien, señores - dijo dibujando una sonrisa y con un temblor casi imperceptible en la voz- Tengan todo preparado. No quiero ni un fallo ¿entendido?
- Sí, Señor - cantó un coro de tenores y bajos.
-Este doctor se va a enterar cuando vuelva. Le mandaré unos años con los pingüinos- dijo para sus adentros.
Por el altavoz salían los números disparados. El General se puso unas gafas protectoras frente a los rayos ultravioletas. Los demás hicieron lo mismo. Luis pensaba en una canción y notó como empezaba a temblar el aparato. Una gota de sudor le hizo brillar la frente.
Excepto el soldado encargado en apretar el botón, todo el laboratorio contemplaba la máquina.
- 3, 2, 1, ¡Inicio!
Una luz blanquísima com un reflejo de sol en la nieve hizo que todos se agacharan. El ruido de la máquina era ensordecedor, pero todo eso duró sólo unos segundos.
Cuando pudieron volver a mirar, la máquina no estaba.

(Continuará)

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Sobre mí

De tanto pensar científicamente, ya no sé ni quien soy, ni de dónde vengo, ni dónde estoy. Trotamundos de las palabras y esporádico habitante de laboratorios, necesito un lugar donde desarrollar mis imprecisos y casuales pensamientos;así siempre tendré una referencia: yo mismo. ¡Recomienda esta página a tus amigos!
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