En nuestras vidas tenemos diferentes rutinas a las que estamos unidos y atados por una especie de cordón umbilical que no llegamos a entender muy bien.
La mayoría de esas rutinas son auto-impuestas, es decir, somos animales de costumbres y en cierto modo nos gusta tener siempre todas las situaciones bajo control.
Quizá la rutina más perezosa de todas y de la que ninguno, o casi nadie, puede esconderse es la del trabajo. Envidio mucho a aquellos que están día a día disfrutando de su trabajo, como si estuvieran en fin de semana realizando alguna maravillosa escapada del mundo real.
Yo no me quejo de mi trabajo, en cierto modo podría decirse que lo hago "por amor al arte", pero eso no quita que para mi sea una rutina.
Pero hoy me he levantado con una sonrisa y un beso a mi lado, y esta tarde-noche tendré otra sonrisa y otro beso. Un día rutinario de trabajo así sí puede plantearse de otra manera.
Entonces es cuando descubro que estoy viviendo y que otros corazones laten por mi.