El doctor Luis no podía ver ni escuchar nada de lo que ocurría a su alrededor. No sólo estaba insonorizada la máquina, sino que el único cristal que poseía era negro como el azabache. Su única conexión con el exterior eran unos auriculares de botón por el que podía oir lo que se comentaba fuera. La idea de estos auriculares era, en cierto modo, tranquilizar al pasajero durante el viaje, pero él sabía que no iba a ser un viaje tranquilo.
No había podido dormir en toda la noche pensando en las consecuencias que podían acarrear su presencia en el pasado. Nada de lo que había leído decía nada sobre el impacto que supondría ocupar un espacio en el pasado donde realmente nunca hubo nada. Siempre se decía que no se debía modificar nada del pasado, es decir, no tocar nada y cosas por el estilo, pero ¿cómo afectaría el simple hecho de que una corriente de aire no continuase su camino porque chocara con él?
En cuanto se le ocurrió la idea se espantó. No se convertiría en un asesino, simplemente ese concepto no existiría porque la humanidad tal como la conocía seguramente desaparecería. Pero lo que más le preocupaba es que incluso no sólo podría desaparecer, podría no existir.
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- ¿Tenemos todo a punto?
- Señor, cinco minutos para que comience la cuenta atrás.
- Me gusta -sonrió para sí- ¿Puede escucharme el doctor?
- Señor, espere un segundo que abro la conexión y puede usted hablarle -manejó los botones de su mesa- Ya está, señor, tiene usted línea abierta.
El general se puso unos auriculares con micrófono y miró la maquina. Sentía un nerviosismo similar al que uno sentía cuando esperaba a la mujer amada. Toda su vida había girado desde que era un simple becario de investigación, muy prometedor, eso sí, para llegar a este día. Nada ni nadie le impediría conseguir su sueño. Nunca le habían dicho que, a veces, lograr un sueño es peligroso. O si se lo habían dicho, lo había borrado de su memoria.
- ¿Doctor? ¿Me escucha? ¿Qué tal se está ahí dentro?
- General -escuchó- sólo le pido un día más.
- Je je, sí me escucha - dijo sonriendo a un soldado- ¿Cómo que un día más? ¿Para qué? Según usted, en cuanto realice su viaje nada,como dijo, existirá, ¿no?
- Exactamente. ¡El día de más que le pido es para que le entre en la cabeza que está usted cometiendo una locura!
- ¿Cómo se atreve, mequetrefe?- gritó- esto no es ninguna locura. ¿Comprende usted lo que signica la palabra sueño? A lo mejor la ha oido alguna vez, pero jamás ha sabido lo que significaba.
Las palabras sonaban como chinas arrojadas a los ojos. Luis recordó que cuando estaba en la Universidad le hubiera encantado dedicarse a la investigación y docencia, por eso empezó el doctorado. Y era un chico brillante. Por eso le eligieron confidencialmente para este proyecto, dejando atrás muchas cosas, quizá demasiadas. Incluso sus sueños.
El Doctor se quedó callado.
- ¡Así que deje de pensar y actúe!- le espetó.
Luis se relajó. Respiró profundo y se quitó los auriculares y desconecto el micrófono de cabina mientras el general seguío increpándole. Se sentía dolido, pero pensó que si sus cálculos eran correctos, todo terminaría en unos minutos.
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- Señor, treinta segundos para el inicio.
- Muy bien, señores - dijo dibujando una sonrisa y con un temblor casi imperceptible en la voz- Tengan todo preparado. No quiero ni un fallo ¿entendido?
- Sí, Señor - cantó un coro de tenores y bajos.
-Este doctor se va a enterar cuando vuelva. Le mandaré unos años con los pingüinos- dijo para sus adentros.
Por el altavoz salían los números disparados. El General se puso unas gafas protectoras frente a los rayos ultravioletas. Los demás hicieron lo mismo. Luis pensaba en una canción y notó como empezaba a temblar el aparato. Una gota de sudor le hizo brillar la frente.
Excepto el soldado encargado en apretar el botón, todo el laboratorio contemplaba la máquina.
- 3, 2, 1, ¡Inicio!
Una luz blanquísima com un reflejo de sol en la nieve hizo que todos se agacharan. El ruido de la máquina era ensordecedor, pero todo eso duró sólo unos segundos.
Cuando pudieron volver a mirar, la máquina no estaba.

(Continuará)