Vale, os prometo que lo he intentado. Sí, sí, sé que debería quizá intentarlo más, pero la verdad es que he empezado ya como seis o siete posts y no he logrado que ninguno tuviera el nivel necesario para ser publicado.
No es culpa de los posts, claro, pobrecillos ellos, si se quedan ahí tranquilamente en el blog sin hacer ruido, abriéndose a todos aquellos que quieren diseccionar sus tripas. Y los posts lo notan, ¡por supuesto!, saben perfectemante cuando alguien los está leyendo porque notan una mirada posarse en ellos; entonces se alegran y brillan con más fuerza, guían al lector lentamente por su cuerpo para mostrar lo más bello que guardan en su interior. Y cuando los releen, ¡qué gozo!¡qué maravilla!, es el sueño de todo post, ser releído hasta la saciedad.
Claro que por otro lado siempre hay algunos posts que se sienten tristes y solos porque hace mucho que nadie se fija en ellos, ¡pero si no somos tan feos!, gritan clamando unos ojos.
Por eso yo, de vez en cuando, no siempre, el tiempo no siempre es benévolo con los escritores-trabajadores-lectores, me paseo por el blog y voy de paisaje en paisaje como un peregrino más que vuelve, en cierto modo, a una infancia ficticia, a una infancia imaginada que, por suerte, pudo plasmar en un cuaderno un día de inspiración o de inspiraciones, que todos sabemos lo difícil que es a veces escribir. No digo el escribir, sino el tener una idea y ¡zas! dedos bailando en el teclado, ojos de nerviosos movimientos...
Como decía, paseo y releo, que me doy cuenta de que también uno puede aprender cosas de lo que un día escribió.